Despierto, me aseo con una rapidez envidiable para un velocista: Salgo apresuradamente de mi casa. Abordo el camión atestado, llego a la oficina corriendo, no hay tiempo que perder, corre por tu vida, la amenaza de un retardo y el descuento de un día de salario pende sobre mi cabeza. Llego barriéndome en home y checo mi tarjeta a la hora exacta, ni un minuto más ni un minuto menos. Pero el resto del día no tengo nada que hacer, así que voy con mis compañeros al chisme, a armar intrigas, a inventar calumnias a un tipo que no me simpatiza, aunque nunca nos hayamos tratado dentro o fuera del trabajo. Si llega mi jefe, finjo que estoy ocupado, que tengo mucha carga laboral, pero una vez que él entra a su oficina, sigo flojeando. Mi jefe también flojea, solo que en un nivel más alto, ocupa todo el día el teléfono para hacer llamadas personales, para llegar tarde y salir temprano, organiza sus borracheras con otros jefes y como invitado especial el director del área, el cual no paga nada, total, se carga al presupuesto de la oficina en el fondo revolvente o como viáticos y asunto arreglado, todos contentos. El jefe del área de recursos trata de pillarnos en nuestras flojeras, manda a sus espías, a sus escuchas y corredores de campo para vigilarnos, los cuales inventan cargos, chismes y como buenas gestapos amedrentan e intimidan al personal. Ese señor se cree legislador e inventa reglas y normas que él mismo es el primero en romperlas, es un pequeño general nazi controlando un pequeño campo de concentración: “no salgan” (él se la pasa más tiempo en la calle), “no hablen” (y con su sequito se la pasa en interminables coloquios sobre la existencia de vida en un pedazo de pizza), “prohibido desayunar en el área de trabajo” (manda a los de limpieza por su dietético desayuno de diez tacos de cochinita y su refresco light), “prohibido fumar” (y él se quema cinco puros en la mañana y dos cajetillas en la tarde), “el uniforme es exigible” (viene vestido de camisas floreadas, jeans corroídos y con chancletas), “falta a quien no se encuentre en su lugar” (¿y sí el mensajero tiene que salir a repartir la correspondencia?), “tienen que pedir permiso hasta para ir al baño” (y él tiene ocupado a sus lacayos para sus intereses personales, justificándoles sus faltas), todo con la complacencia del director del área, quien también tiene lo suyo: discrimina al personal, utiliza los recursos de la oficina como propios, se lleva a los trabajadores de limpieza como sus sirvientes y jardineros a su casa, le gusta promover chismes y rumores, no comunica las decisiones importantes, culpa de sus errores a cualquiera que se deje, eso sí, manda regalos, saludos y besos a los altos gerentes y supervisores del área central. Esta persona debió ser en su otra vida un aristócrata ruso, nosotros deseamos que lo sea en esta vida, para así poderlo linchar. Lo que más me admira de mi centro de trabajo son los jóvenes que entran a trabajar, en concordancia con su edad son ambiciosos, entran con ganas de transformar al mundo y hacer méritos; pero en ese afán de escalar posiciones, se corrompen fácilmente: son informantes, desbordan de soberbia, se transforman en aduladores y besan los pies de los jefes, de ahí sus decepciones cuando se dan cuenta que son objetos inútiles para los altos mandos, elementos decorativos y que son unos serviles como todos. Los que llevamos más tiempo sabemos como salta el tigre y como toca el pandero el oso, sabemos que con fingir y cumplir con las sagradas leyes (la del embudo, la de Herodes y la de Caifas) hemos realizado un gran esfuerzo en el continuo servicio al público. Planeamos nuestros puentes, vacaciones y programamos nuestras enfermedades para ausentarnos de aquí. Soñamos que nos sacamos la lotería, el melate o los pronósticos para dejar este inmundo lugar. Pero hay algunos que son mucho más ambiciosos: sueñan con que a su compadre, que es el cuñado del hijo del amigo del yerno del tío del hermano del sobrino del concuño del boleador del ministro, le den la dirección de esta oficina y ¡ahora si chiquitos, van a saber lo que es bailar con huarache! ¡directo a una jefatura! Alguien ha definido a nuestro trabajo como el arte de transformar lo fácil en difícil, lo agradable en tortuoso y la velocidad en lentitud, pero no es nuestra culpa, así estaba este sistema cuando entré y sólo cumplo en mantener vivas nuestras costumbres y tradiciones. Cada innovación al sistema se hace para largo plazo, siendo más ineficiente que el anterior y termina en convertirse en costumbre, bienvenidas sean; cuando demuestran que son eficientes, nos encargamos que no lo sean y las boicoteamos, hemos visto como salen esos soñadores. Todo el día es aburrido, el periódico ya esta muy leído y ha pasado de mano constantemente, cuando llega el público, nunca damos soluciones, pero que se acostumbren, con estas condiciones y nuestro sueldo ¿qué se esperaban? Salgo de mi trabajo a gran velocidad, de nuevo en los camiones atascados de congéneres y al llegar a mi casa, simplemente le digo a mi esposa: “mujer, vengo muy cansado, tuve un día muy atareado”.
PD: Fue tanta mi eficiencia que para este escrito ni sangría ni párrafos utilicé, hay que ahorrar espacio.
PD: Fue tanta mi eficiencia que para este escrito ni sangría ni párrafos utilicé, hay que ahorrar espacio.